23 de julio de 2009
11 de julio de 2009
Una historia tras la puerta
Ángel trabajaba en la oficina principal de la estación de trenes de la ciudad de Pergamino, más exactamente en la antigua línea que perteneciera al Ferrocarril del Oeste y que unía Pergamino con San Nicolás. Pero puedo decir que Ángel no trabaja en la estación sino que vivía en ella, y no lo digo porque pasara más hora en el trabajo que en su casa, lo digo por la pasión que él sentía por el mundo ferroviario, amaba los trenes, disfrutaba imaginando historias de personas de todas las edades que cada día partían en busca de un destino, y de personas que cada día llegaban a esa pujante ciudad en busca de un destino, Ángel amaba ese cálido lugar que unía su ciudad con el resto del país.A principios de Diciembre de 1957 el superior de Ángel, Don Carlos, le comunica que el jefe de la estación Acevedo ha muerto de un problema cardíaco y que debía reemplazarlo antes de que termine el año. Luego de unos segundos de haber recibido la noticia reaccionó y lo invadió una pesada tristeza que lo dejó paralizado. Esa noche, y casi sin haber emitido palabra en toda la tarde, fue hacia la casa de su amada Rosita a compartir sus sentimientos y contarle la novedad. Entre mate y mate llegaron a la conclusión de que no era tan malo el asunto, Acevedo era un pueblo tranquilo y estaba a unos pocos kilómetros de la ciudad, además reemplazar a un encargado significaba un aumento de sueldo que por supuesto vendría muy bien. Así que la idea de casarse terminó de madurar después de estos cambios que sucederían en sus vidas, así lo hicieron ese mismo mes, y para fin de año estaban instalados en un no muy grande pero si cálido hogar.
Rosita llegó a sentir la misma pasión que Ángel por el mundo ferroviario, y a sentirse inmensamente feliz al ver de cerca como su amado disfrutaba y como ambos habían logrado una vida feliz estando juntos.
Era una estrellada y tibia noche de Noviembre del año 1961, cuando ella lee en voz alta la carta que había llegado esa tarde y había sido enviada por Don Carlos. “Ángel, lamento mucho comunicarte que el 1º de Diciembre próximo el ramal Pergamino-San Nicolás quedará clausurado para siempre…” Esta vez una angustia como nunca había experimentado antes invadió a Ángel, en pocos segundos pasaron muchas imágenes por su mente, imaginó mucha gente no saliendo más en busca de su destino, imagino a mucha gente no llegando nunca más en busca de su destino, sintió el vació, sintió que parte de su vida se derrumbaba, sintió muy de cerca la desesperanza.
Luego del consuelo de Rosita hacia él y de tratar de replantear el futuro, Ángel pidió unos días para estar solo, y con el consentimiento de ella se fue a la ciudad, a la casa de sus padres, allí en su habitación pasaba sus días. El tiempo transcurrido comenzó a preocupar a Rosita y partió a casa de sus suegros. Ahora ella debía experimentar el dolor que antes había pasado su media naranja, y mucho más intenso. Los padres no pudieron detenerlo y Ángel se fué a Buenos Aires y allí tomó un avión hacia Brasil donde vivía un amigo ex ferroviario, ya no había forma de comunicarse con él.
Estamos en el año 2009 y Rosita vive sola en la estación, cuidando de sus animales y de sus mascotas, hermoseando el jardín que hizo con dedicación donde antes estaba el andén, recibiendo visitas de amigos y parientes; y alguna vez recibiendo la visita de quien escribe.
Desde aquel Diciembre de 1961 ella no volvió a tener noticias de Ángel.
Tras esa puerta estuvo la esperanza, estuvo el amor, la alegría, la felicidad, la vida…tras esa puerta estuvo la desazón, estuvo la tristeza, el abandono, la desesperación, la incertidumbre, la desesperanza… tras esa puerta estuvo el tiempo, y nuevamente la esperanza.
Los nombres de personas que aparecen en este relato son ficticios, pero la historia está basada en hechos reales y esta mujer vive hoy en la estación Acevedo en el partido de Pergamino, al norte de la provincia de Bs.
As.
Foto de Joe
4 de julio de 2009
El Visitante
Marzo de 2004, era nuestro primer viaje a la Patagonia y tanto Néstor como yo sabíamos que todo iba a ser una sorpresa, pero a pesar de nuestra ilusión y entusiasmo no pensabamos que iba a ser... !tán grande la sorpresa¡Comenzamos la aventura en Bariloche, recorriendo la cordillera hasta llegar a la región de los grandes glaciares. Luego de hacer más de ochocientos km de ripio con la camioneta llegamos a la entrada que nos llevaría al pueblo más jóven de la Argentina, estoy hablando de El Chaltén, casi en el extremo sudoeste de la provincia de Santa Cruz. Unos kilómetros antes en el pequeño pueblo de Tres Lagos paramos a cargar combustible, en una de esa estaciones de servicio que tienen solo dos surtidores y que cierran a la hora de la siesta, allí charlando con una señora turista que venía de aquel pueblo, le preguntamos si valía la pena conocerlo, y con total seguridad y firmeza nos dijo que si, y que teníamos mucha suerte porque el monte Chaltén (significa "montaña que humea") estaba despejado, sin una sola nube a su alrededor, que eso era muy raro y pasaba muy pocas veces, por lo tanto debíamos aprovecharlo. Así que totalmente incentivados por esta mujer decidimos entrar a El Chaltén. Tomamos el camino hacia el pueblo y allá íbamos, andando con la vista siempre de frente a esas montañas de una increíble belleza, limpias y radiantes. No podíamos dejar de observarlas, de disfrutarlas, tan extrañas y nuestras a la vez. En un momento comenzamos a ver un pequeño bulto allá a lo lejos del solitario camino, como una delgada sombra, no sabíamos si era una persona o un animal, pero a medida que nos acercabamos se parecía más a un ser humano, pensamos que alguién fanático de las caminatas, se había cansado y esperaba que alguien lo llevara hasta el pueblo. No se movía, estaba parado sobre el camino, a un lado, de frente a nosotros, sin poder distinguir si era hombre o mujer a causa del contraluz. Con el misterio instalado en nuestros pensamientos detuve la camioneta, aproximadamente a unos diez metros de esta persona que a esa altura ya sabíamos que era un hombre. Mi amigo y yo no descendíamos del vehículo, no por miedo sino porque era mucho el misterio que tratabamos de entender y develar, y al no lograrlo decidimos bajar, pero antes de poder abrir las puertas una luz ardiente y casi enceguecedora se desprendió del sol, era tan fuerte esta luz que tuvimos que cubrir nuestros ojos con los brazos. Pasaron unos pocos segundos hasta que el sol y sus rayos volvieron a la normalidad, y todavía con la vista medio nublada bajamos, ¡la sorpresa fue la mayor de nuestras vidas!... el hombre había desaparecido.
Foto de Joe
1 de julio de 2009
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