martes 27 de octubre de 2009
domingo 27 de septiembre de 2009
Camino a El Olvido

Aquella tarde gris otoñal salí del pueblo hacia el campo por la senda polvorienta que nos une con otros pueblos, aquel día con amenaza de lluvia salí decidido a vencer el miedo. Mientras caminaba pensé que la leyenda no es más que eso, solo un mito, una fantasía. Desde niño oí hablar del campo de los irlandeses, de la estancia llamada “El Olvido” que habían comprado los Cormack, una familia irlandesa de la que muy poco se sabía.
La leyenda dice que quien entra al campo de los Cormack al salir será olvidado por todos los que lo vean y ya nadie se acordará de él, ni siquiera su propia familia lo recordará, será olvidado para siempre. Bueno dije yo, esto no puede ser verdad y voy a ser el primero en entrar. Al llegar al lugar abrí la tranquera, hice dos pasos, y me quedé inmóvil por unos segundos mirando fijamente el camino de entrada que estaba adornado por filas de árboles a los costados. Dejando de lado las dudas entré. Cuando llegué hasta el casco de la estancia me quedé un tiempo admirando un hermoso auto antiguo, quizás retardando algo más mi encuentro con los Cormack. Golpeo la puerta grande de madera, y me atiende un señor mayor muy amable que luego de una corta conversación que tuvimos me hace pasar, me muestra el hall de entrada que por su aspecto en general era como retroceder más de cien años en el tiempo, eso es algo que me impactó y me entusiasmó. Luego pasamos a la cocina comedor donde me presenta a su mujer, tan amable como él. Me sirven un té con un trozo de torta de chocolate y seguimos charlando, me hablan de los inmigrantes irlandeses y me muestran algunas viejas fotos, fue todo un momento agradable en el que nunca me animé a preguntar lo que venía a averiguar. Pensé mientras miraba la leve llovizna por la ventana: la leyenda no puede ser verdad en un lugar tan placentero como este y con gente tan amable como la que vive aquí.
Luego de un par de horas de estadía me vuelvo al pueblo muy satisfecho, contento por ser el primero y el único en animarse a entrar a El Olvido, y poder demostrarles a mis padres y hermanos, y a todo el pueblo que la leyenda es solo una leyenda. Antes de llegar a casa voy a contarles la novedad a los amigos del bar, entro entusiasmado y me apoyo firmemente en el mostrador, le pido a Rogelio una medida de fernet puro con hielo, como a mí me gusta, y me dice: no servimos alcohol a gente extraña, solo a los del pueblo. Estos se enteraron que fui a la estancia y me están haciendo una broma pensé en ese momento. Miro a mis amigos Juan y Eduardo que estaban sentados a una mesa con sus vasos medio vacíos, me miran con caras raras, de enojados y con ganas de echarme. Salgo intrigado, sigo una cuadra más y golpeo la puerta en casa, allí mi madre abre el postigo de la puerta y pregunta: que quiere, que necesita.
Camino pensativo por las calles del pueblo, nadie me conoce, no se acuerdan de mi, hasta el cura me mira con desconfianza, y gracia que por lo menos me miró. Y así estuve varios días vagando por ahí, olvidado, sin que nadie me recordara. Buscando un lugar para refugiarme en un momento me vino a la mente una imagen, aquella vez que fui a la gran ciudad, que caminando por una calle llena de gente vi a un hombre casi anciano con ropa sucia, muerto de frío y seguramente con hambre, acostado sobre unos cartones que los usaba de colchón , la gente pasaba por al lado de este pobre hombre pero nadie paraba, nadie preguntaba que necesitaba, nadie le daba nada y yo, yo fui uno más de los que pasaron de largo.
Sentí la desesperación del olvido, sentí el dolor de la indiferencia, fui un olvidado más y con mi propia gente, en mi pueblo. Mendigando un poco de pan y durmiendo en la estación de trenes pasaron muchos de mis días. Yo no me quería imaginar a mi mismo en ese estado de abandono pero una mañana entro al baño de la estación y me miro fijamente en el espejo…!no me conocí ¡ no sabía quien era. La leyenda ya no era tal, y lo que pasó fue tan verdadero que cuando me vi me transformé en un extraño para mi mismo, del miedo rompí el espejo y salí corriendo. Corrí mucho, caminé, me fui muy lejos a la soledad de los montes y de los campos. Ya cansado de andar, sucio, con hambre, angustiado y desesperado, con el corazón desolado y los pensamientos oscurecidos, ya tocando fondo y al límite de mis fuerzas, encuentro una larga entrada a un campo con tranquera abierta, y un cartel de madera con letras de color verde bien grandes que decía: estancia “El Recuerdo”.
jueves 6 de agosto de 2009
domingo 2 de agosto de 2009
Tomás y la bestia

Tomás nació hace 37 años bien al sur de Suiza, en un pueblo de casi 8.000 habitantes llamado Chiasso, en el límite con los Alpes italianos, entre el lago de Lugano y el lago de Como. Tomás habla seis idiomas pero el italiano es el suyo, es el lenguaje oficial de la región donde vive, el español lo aprendió por su trabajo y porque en las escuelas suizas enseñan el idioma. Sus costumbres son más italianas que suizas, él siempre habla de los tallarines caseros que hace su madre; y también habla mucho de los paisajes soñados que rodean su casa.
Su trabajo consiste en viajar por diferentes países latinoamericanos, recorrer sus bosques y estudiar distintas especies de árboles para luego llevar la información obtenida a científicos europeos. Él vivió un año y medio en Nicaragua, un año en Bolivia y dos años en Brasil. Su próximo destino sería Argentina, un lugar que había estudiado mucho por internet y que deseaba conocer desde hacía mucho tiempo. El tiene un cariño especial por este país y sobre todo por la ciudad de Eldorado en la provincia de Misiones, el lugar donde sus abuelos hubieran emigrado si no hubiesen conseguido trabajo el día antes de que el barco partiera para aquellas tierras sureñas.
Pero por cuestiones laborales su destino más cercano eran los bosques andinos patagónicos, así que Tomás llegó a mediados de otoño a Bariloche, donde se encontró con un amigo argentino que conoció en unas vacaciones de verano en Alemania. Si bien quedó sorprendido por el bello paisaje que lo rodeaba, lo sintió algo familiar por el parecido con su pueblo natal.
Aparte del trabajo que le permitía conocer diferentes lugares y culturas había algo más que a Tomás lo apasionaba, eran las historias y leyendas de monstruosos animales. En Suiza tenía la del monstruo del lago Ness y por tierras argentinas ya había investigado sobre el famoso Nahuelito, supuesto habitante de las profundidades del lago Nahuel Huapi. Pero Oscar, su amigo argentino el contó sobre una bestia que se si encontrara con Nahuelito se lo comería de un par de bocados, una historia que oyó hace algunos años de boca de un anciano habitante de la montaña. Cuando Tomás terminó su trabajo, con gran ansiedad por oír él mismo esta historia y en el lugar de origen, tomó su camioneta alquilada y partió junto a su amigo hacia el pequeño caserío distante a unos doscientos kilómetros de Bariloche, casi en el límite con Chile.
En una tarde fría y de una persistente llovizna los recibió Eulogio en su propia casita hecha totalmente en madera. Mucho verde en el suelo, un bosque tupido de diferentes tonalidades rojizas y el humo de la leña saliendo por la chimenea, era el clima ideal para oír e imaginar lo que habían venido a buscar. Eulogio que vivía solo y con sus 86 años a cuesta, comenzó a contar sobre este animal, pero no como una leyenda sino como algo real, por lo menos eso demostraba la pasión y la seguridad con la que relataba. Dijo Eulogio: esta bestia se esconde en las profundidades del bosque, a la sombra de los árboles milenarios, cualquier ser humano, e inclusive cualquier animal por más grande que sea es como un juguete para él. Los músculos de su vientre y de su lomo son como de acero, indestructibles. Su gran cola es pesada como un viejo alerce, casi toda hierba del bosque es alimento para él, y todo animal poderoso pega la vuelta al acercarse a su territorio. Los lugares más húmedos son su habitación, y por más rápido, ruidoso y atemorizador que sean los ríos que lo rodean, por más grandes y aterradoras que sean las caídas de agua, él está tranquilo. Sus dientes son como barras de hierro, sale vapor de su hocico y de su boca salen mechones de fuego que hace hervir cualquier profundidad acuática. Las partes más blandas de su cuerpo son como rocas de montañas, no hay arma que pueda contra él y su corazón es inalterable. El abismo es su lugar de esparcimiento; no hay quien se le asemeje y no hay a quien tema, para esta criatura no existe el miedo. Nadie puede hacerle frente, el aliento y la esperanza desaparecen como nada delante de él. Desprecia toda cosa con vida.
No era muy alentador querer encontrarse con esta bestia pero Tomás se metió tanto en el relato, que apenas terminó de oírlo partió junto a Oscar hacia el bosque con la ilusiòn de verlo. Luego de andar unos kilómetros por el angosto y húmedo camino, dejaron el vehículo y comenzaron a caminar para poder llegar al lugar que Eulogio les había indicado, y así poder ver a este tremendo animal en su lugar de descanso. Fueron casi dos horas a paso cansino por picadas en pendiente, entre frondosas arboledas y cañaverales. La sensación que sentían era única, la llovizna que acentuaba agradables aromas y colores, a la vez esas ganas de encontrarlo mezclada con miedo los mantenía en completo silencio. De repente se comienza a oír como el sonido de mucha agua cayendo; ya cansados de la larga caminata se acercaron a un claro entre la vegetación, y lo que vieron fue un gran salto de agua, le calcularon ochenta metros de altura, era una bella cascada gigante de agua color turquesa, rodeada de un inmenso bosque; se sintieron muy pequeños ante tanta grandeza natural.
Miraron hacia abajo desde una altura casi abismal.
!Y allí lo tan esperado¡ Echado en el suelo
descansando estaba la bestia que desprecia la vida, su nombre es soberbia.
Foto de Joe
jueves 23 de julio de 2009
sábado 11 de julio de 2009
Una historia tras la puerta
Ángel trabajaba en la oficina principal de la estación de trenes de la ciudad de Pergamino, más exactamente en la antigua línea que perteneciera al Ferrocarril del Oeste y que unía Pergamino con San Nicolás. Pero puedo decir que Ángel no trabaja en la estación sino que vivía en ella, y no lo digo porque pasara más hora en el trabajo que en su casa, lo digo por la pasión que él sentía por el mundo ferroviario, amaba los trenes, disfrutaba imaginando historias de personas de todas las edades que cada día partían en busca de un destino, y de personas que cada día llegaban a esa pujante ciudad en busca de un destino, Ángel amaba ese cálido lugar que unía su ciudad con el resto del país.A principios de Diciembre de 1957 el superior de Ángel, Don Carlos, le comunica que el jefe de la estación Acevedo ha muerto de un problema cardíaco y que debía reemplazarlo antes de que termine el año. Luego de unos segundos de haber recibido la noticia reaccionó y lo invadió una pesada tristeza que lo dejó paralizado. Esa noche, y casi sin haber emitido palabra en toda la tarde, fue hacia la casa de su amada Rosita a compartir sus sentimientos y contarle la novedad. Entre mate y mate llegaron a la conclusión de que no era tan malo el asunto, Acevedo era un pueblo tranquilo y estaba a unos pocos kilómetros de la ciudad, además reemplazar a un encargado significaba un aumento de sueldo que por supuesto vendría muy bien. Así que la idea de casarse terminó de madurar después de estos cambios que sucederían en sus vidas, así lo hicieron ese mismo mes, y para fin de año estaban instalados en un no muy grande pero si cálido hogar.
Rosita llegó a sentir la misma pasión que Ángel por el mundo ferroviario, y a sentirse inmensamente feliz al ver de cerca como su amado disfrutaba y como ambos habían logrado una vida feliz estando juntos.
Era una estrellada y tibia noche de Noviembre del año 1961, cuando ella lee en voz alta la carta que había llegado esa tarde y había sido enviada por Don Carlos. “Ángel, lamento mucho comunicarte que el 1º de Diciembre próximo el ramal Pergamino-San Nicolás quedará clausurado para siempre…” Esta vez una angustia como nunca había experimentado antes invadió a Ángel, en pocos segundos pasaron muchas imágenes por su mente, imaginó mucha gente no saliendo más en busca de su destino, imagino a mucha gente no llegando nunca más en busca de su destino, sintió el vació, sintió que parte de su vida se derrumbaba, sintió muy de cerca la desesperanza.
Luego del consuelo de Rosita hacia él y de tratar de replantear el futuro, Ángel pidió unos días para estar solo, y con el consentimiento de ella se fue a la ciudad, a la casa de sus padres, allí en su habitación pasaba sus días. El tiempo transcurrido comenzó a preocupar a Rosita y partió a casa de sus suegros. Ahora ella debía experimentar el dolor que antes había pasado su media naranja, y mucho más intenso. Los padres no pudieron detenerlo y Ángel se fué a Buenos Aires y allí tomó un avión hacia Brasil donde vivía un amigo ex ferroviario, ya no había forma de comunicarse con él.
Estamos en el año 2009 y Rosita vive sola en la estación, cuidando de sus animales y de sus mascotas, hermoseando el jardín que hizo con dedicación donde antes estaba el andén, recibiendo visitas de amigos y parientes; y alguna vez recibiendo la visita de quien escribe.
Desde aquel Diciembre de 1961 ella no volvió a tener noticias de Ángel.
Tras esa puerta estuvo la esperanza, estuvo el amor, la alegría, la felicidad, la vida…tras esa puerta estuvo la desazón, estuvo la tristeza, el abandono, la desesperación, la incertidumbre, la desesperanza… tras esa puerta estuvo el tiempo, y nuevamente la esperanza.
Los nombres de personas que aparecen en este relato son ficticios, pero la historia está basada en hechos reales y esta mujer vive hoy en la estación Acevedo en el partido de Pergamino, al norte de la provincia de Bs.
As.
Foto de Joe
sábado 4 de julio de 2009
El Visitante
Marzo de 2004, era nuestro primer viaje a la Patagonia y tanto Néstor como yo sabíamos que todo iba a ser una sorpresa, pero a pesar de nuestra ilusión y entusiasmo no pensabamos que iba a ser... !tán grande la sorpresa¡Comenzamos la aventura en Bariloche, recorriendo la cordillera hasta llegar a la región de los grandes glaciares. Luego de hacer más de ochocientos km de ripio con la camioneta llegamos a la entrada que nos llevaría al pueblo más jóven de la Argentina, estoy hablando de El Chaltén, casi en el extremo sudoeste de la provincia de Santa Cruz. Unos kilómetros antes en el pequeño pueblo de Tres Lagos paramos a cargar combustible, en una de esa estaciones de servicio que tienen solo dos surtidores y que cierran a la hora de la siesta, allí charlando con una señora turista que venía de aquel pueblo, le preguntamos si valía la pena conocerlo, y con total seguridad y firmeza nos dijo que si, y que teníamos mucha suerte porque el monte Chaltén (significa "montaña que humea") estaba despejado, sin una sola nube a su alrededor, que eso era muy raro y pasaba muy pocas veces, por lo tanto debíamos aprovecharlo. Así que totalmente incentivados por esta mujer decidimos entrar a El Chaltén. Tomamos el camino hacia el pueblo y allá íbamos, andando con la vista siempre de frente a esas montañas de una increíble belleza, limpias y radiantes. No podíamos dejar de observarlas, de disfrutarlas, tan extrañas y nuestras a la vez. En un momento comenzamos a ver un pequeño bulto allá a lo lejos del solitario camino, como una delgada sombra, no sabíamos si era una persona o un animal, pero a medida que nos acercabamos se parecía más a un ser humano, pensamos que alguién fanático de las caminatas, se había cansado y esperaba que alguien lo llevara hasta el pueblo. No se movía, estaba parado sobre el camino, a un lado, de frente a nosotros, sin poder distinguir si era hombre o mujer a causa del contraluz. Con el misterio instalado en nuestros pensamientos detuve la camioneta, aproximadamente a unos diez metros de esta persona que a esa altura ya sabíamos que era un hombre. Mi amigo y yo no descendíamos del vehículo, no por miedo sino porque era mucho el misterio que tratabamos de entender y develar, y al no lograrlo decidimos bajar, pero antes de poder abrir las puertas una luz ardiente y casi enceguecedora se desprendió del sol, era tan fuerte esta luz que tuvimos que cubrir nuestros ojos con los brazos. Pasaron unos pocos segundos hasta que el sol y sus rayos volvieron a la normalidad, y todavía con la vista medio nublada bajamos, ¡la sorpresa fue la mayor de nuestras vidas!... el hombre había desaparecido.
Foto de Joe
miércoles 1 de julio de 2009
miércoles 24 de junio de 2009
Nunca se lo vió salir...

Un hombre que venía de la ciudad y hacía dos años que vivía en este pueblo, emitió esta impactante frase: "he visto en la gran ciudad mucha gente que cada día salen de sus casas, pero están en una situación parecida al hombre que nunca salió".
Foto de Joe




